Cambiar… ¡pero si yo no quiero! (o cómo gestionar el cambio)

Cambio acelerado

¡Hola cambiadora! ¿Cómo estás, cambiador? ¡Bienvenidos a mi blog!

Para empezar con esta andadura, me gustaría dedicar este primer post a darte algunas recomendaciones que a mí me han funcionado sobre cómo adaptarse al cambio.

Comencemos por definir qué es el cambio. La RAE define el cambio como la acción y efecto de cambiar, que es dejar una cosa o situación para tomar otra, o modificarse la apariencia, condición o comportamiento.

Es decir, cuando cambiamos, dejamos algo que ya tenemos (cosa, situación, comportamiento) por algo que no tenemos y en ocasiones ni conocemos: pasamos de un punto que dominamos a otro lleno de incertidumbre. Y esto puede ocurrir porque lo queremos nosotros o porque nos lo imponen.

Este segundo caso, en el mundo actual, suele ser el más frecuente, y por lo general, no nos gusta mucho, y la respuesta que tenemos ante él puede ir del simple fastidio al verdadero horror, dependiendo de si el cambio que nos imponen es muy leve (como retrasos en el horario de los autobuses o la desaparición de tu marca favorita de champú), medio (como que tu equipo favorito baje a segunda división) o de mayor envergadura (como despidos o enfermedades repentinas).

Si, por el contrario, eres tú quien quiere el cambio, lo más probable es que te genere emociones positivas, a pesar de la incertidumbre: lo buscas con entusiasmo, optimismo y ganas, y puede que tengas algo de miedo a lo desconocido, pero te generará más bien mariposas en el estómago, como cuando te enamoras (o al menos así me pasa a mí).

En este post hablaré principalmente sobre el cambio impuesto, y en un post futuro entraré en más detalle en el cambio generado, ese que buscas tú.

Porque el caso es que, nos guste o no, el mundo en el que vivimos está empeñado en someternos a cambios, día sí y día también, y cada vez a más velocidad.

 

¿Y qué es gestión del cambio?

 

Pues algo que nos puede ayudar a enfrentarnos a ese cambio impuesto. Especificar qué es gestión del cambio es tarea poco sencilla, porque existen variedad de definiciones asociadas principalmente a la gestión del cambio organizacional. Pero en este post quiero enfocarme en el cambio personal: estoy convencida de que la única forma de cambiar organizaciones y sociedades es a través del cambio individual, y que sólo podremos evolucionar como sociedad si mejoramos como individuos.

Así que, si nos orientamos a lo personal, en mi opinión, la definición que más se ajusta es la propuesta por la Case Western Reserve University, que yo traduciría como: Una aproximación sistemática para lidiar con el cambio, tanto desde la perspectiva de una organización como a nivel individual… dirigiendo proactivamente la adaptación al cambio, el control del cambio, y la generación del cambio

Me gusta además la definición de la wikipedia de “Change Management”, que traducido expresa que la gestión del cambio es un acercamiento a la transición de individuos, equipos y organizaciones a un estado futuro deseado. Ese artículo también nos habla de un cambio que debe ser estructurado y en el cual hay cuatro factores que deben considerarse:

  • Niveles, metas y estrategias
  • Sistemas de medida
  • Secuencias de pasos
  • Implementación y cambio organizacional

Es decir, que la gestión del cambio, aunque sea a nivel personal, incluye definir qué cambio quieres alcanzar (metas), cómo lo vas a alcanzar (plan), cómo vas a medir el éxito (sistema de medida, o indicadores) y la ejecución del plan (implementación del cambio)

¿Y cómo nos ayuda esto? De entrada, nos permite saber que el cambio se puede gestionar, orientar positivamente, y de forma sistemática. Que hay mecanismos que podremos utilizar, y que iremos estudiando en este blog.

 

¡Horror, que me cambian!

 

Si eres como la mayoría de los humanos, lo más habitual es que un cambio impuesto te genere algo (o mucho) de miedo. Pilar Jericó, en su libro “No miedo: En la empresa y en la vida”, nos explica que todos sufrimos el miedo al cambio porque nuestra capacidad de asimilar la transformación es limitada, y porque amenaza nuestra necesidad de control, y la seguridad que nos dan nuestros hábitos actuales, nuestras costumbres.

Entonces, es bastante normal que nuestras primeras respuestas ante el cambio impuesto sean la negación, incredulidad, frustración, enfado o ira. Esto es lo que nos ocurre según el modelo de transición de Bridges (que podemos encontrar resumido aquí) cuando nos topamos con el cambio y tenemos que dejar ir nuestra actual zona de confort, despedirnos de lo conocido.

Bridges indica que, mientras el cambio es algo que nos imponen, la transición es algo interno, es lo que ocurre en nuestra mente a medida que atravesamos el cambio. Aunque el cambio pase rápido, la transición puede ser más lenta, y el modelo presenta tres fases de transición: el final, la zona neutra y el nuevo inicio.

En la etapa del final, tenemos que aceptar que algo acaba (el status quo) antes de poder aceptar el inicio de algo nuevo. A medida que avanzamos en el cambio hacia la zona neutra, los sentimientos dominantes pasan a ser resentimiento, escepticismo, ansiedad y baja moral. Cuando llegamos finalmente al nuevo inicio, ya hemos comenzado a aceptar el cambio, comenzamos a ver que podemos adaptarnos a él, nuestra energía comienza a aumentar y estamos dispuestos a aprender.

Así que ya sabes que es normal que tengas miedo cuando te imponen un cambio, y que necesites tiempo para adaptarte y despedirte, pero que puedes llegar a un punto en el que te adaptes a él. ¿Y cómo?

Un cambio impuesto se parece muchísimo a un riesgo, en cuanto a que es algo que es incierto y que cuando ocurre, nos altera nuestros planes. Y en mi opinión, las estrategias de respuesta a los riesgos pueden extrapolarse al cambio impuesto: transferir, evitar, mitigar o aceptar. Es decir:

  • Puedes transferir el cambio, que lo asuma otro, por ejemplo al subcontratar o delegar parte de tu cambio, como cuando contratas a un eventual para sustituir una baja en tu equipo
  • O puedes evitar el cambio, si es posible. Por ejemplo, si hablamos de que hay un cambio macroeconómico o político en un país, puedes evitar ese cambio dejando ese país, aunque esa decisión supone que generas un cambio para ti, que tienes que gestionar un cambio generado, de lo que hablaremos en otro post (esto ha sido lo que nos ha pasado a muchos de los que emigramos)
  • Puedes mitigar el cambio, tratar de reducir su impacto, por ejemplo, si sospechas que en tu empresa puede haber despidos en el corto plazo, y comienzas a ahorrar y a buscar otro empleo.
  • O puedes aceptar el cambio. No es fácil, pero muchas veces no te queda otro remedio, y otras es lo más efectivo: es más rápido asumir y aceptar el cambio que intentar mitigarlo, evitarlo o transferirlo. Y por otro lado, en mi opinión, adquirir el hábito de adaptarse al cambio es una de las capacidades más potentes que una persona puede desarrollar en el mundo actual.

En mi experiencia, cuando nos encontramos ante un cambio impuesto, lo mejor que podemos hacer es acelerar nuestra transición en la medida de lo posible para llegar al nuevo inicio lo antes que podamos, para aceptar rápidamente la nueva situación. A mí me funciona concederme unos días para sentirme algo mal por la nueva situación, pero no muchos, y a partir de entonces, asumirlo, informarme en lo posible sobre el cambio y cómo puedo facilitarlo y enfocarme en las ventajas que me va a traer, que siempre hay. Adopto una actitud proactiva y positiva y procuro encontrar puntos de unión entre ese cambio y mi misión a largo plazo.

Pilar Jericó también nos recomienda para enfrentarnos al miedo al cambio:

  • Aumentar la seguridad en ti
  • Tener una misión o vocación más elevada que tu persona, que te de la energía para superar ese miedo, anclarte a esa misión para inmunizarte ante él
  • Utilizar el sentido del humor y riéndote de ese miedo

Como ejemplo, te cuento que a lo largo de mi vida laboral he cambiado y me han cambiado varias veces de jefe. He reaccionado de forma diferente a ese cambio según la ocasión, alguna vez lo evité dejando el trabajo, y en alguna otra ocasión he buscado otro trabajo aunque luego no me cambiara. Pero cuando mejor me ha ido ha sido cuando he aceptado sin reparos y rápidamente la nueva situación, me gustara o  no, por entender que era la alternativa más viable o efectiva. Cuando ves eso claro, lo mejor es acelerar la adaptación al cambio buscando las ventajas que te aportará. En mi caso, comprendí hace tiempo que podía aprender mucho de nuevos jefes, como profesionales y como personas, y enfocarme en ese aprendizaje ha permitido que la curva de adaptación al cambio no fuera tan dolorosa como podía haber sido si me hubiese resistido. No ha sido fácil, y en algunos momentos ha supuesto echar mano a grandes dosis de paciencia, pero cada uno de mis jefes me ha enseñado como ser una jefa mejor (o eso espero).

La mejor herramienta que he encontrado para ayudar a adaptarse al cambio, es el libro “¿Quién se ha llevado mi queso?”. Es un libro fácil de leer que describe de forma sencilla pero efectiva las ventajas de adaptarse rápidamente al cambio. Lo he leído más de una vez y si estás inmerso en un proceso de cambio que no has buscado tú, te lo recomiendo ampliamente. Nos enseña que para adaptarnos al cambio, usualmente tenemos que cambiar también nuestras creencias, que si no cambiamos nos extinguimos y que podemos disfrutar mientras nos adaptamos al cambio.

 

¿Disfrutar, con la que está cayendo?

 

Sí, lo sé, disfrutar es en lo último que puedes pensar cuando te ocurre algo gordo. Depende mucho del cambio al que te enfrentes, porque no es nada fácil pasarlo bien ante una enfermedad inesperada. Pero para muchos cambios indeseados menos dramáticos, adoptar una actitud optimista y proactiva puede ayudarte a acelerar la adaptación a la nueva situación.

 

No te quejes

 

Desde que empezó la crisis, una de las frases que más escuchamos es “Es lo que hay”. Desafortunadamente, he llegado a decirla también. No me gusta mucho, es algo engañosa, cruza una delgada línea entre la aceptación y la resignación. No te convierte en un agente proactivo del cambio sino pasivo, sumiso. La idea de adaptarse y disfrutar es que reflexiones y te des cuenta de que puedes tomar parte activa en el cambio, volcarlo a tu favor, sacarle algo de provecho, aprender de él, entusiasmarte y emocionarte con algo nuevo. Eso también te ayudará a vencer ese miedo al cambio.

Si alguien nos ha enseñado que podemos elegir cómo actuar ante el cambio es Viktor Frankl. En su libro “El hombre en busca de sentido” nos explica que la libertad de elegir nuestra actitud personal ante las circunstancias es la última de las libertades humanas, que no se nos puede arrebatar. Y que si nos enfocamos en lo que la vida espera de nosotros (nuestra misión), podremos superar mejor las adversidades.

Esto resulta especialmente útil en esos momentos de transición en los que sabes que algo va a cambiar, pero no sabes aún cómo, y no tienes forma de conseguir la información. Por ejemplo, cuando sabes que hay un cambio organizacional en ciernes en tu empresa, y no sabes qué forma tomará, ni si te afectará, ni lo sabrás en varios meses porque habrá negociaciones, etc. En ese tiempo, puedes desesperarte, caer en las garras de la rumorología o víctima del pesimismo y el cinismo; o puedes tomar el control, hacer algo para paliar los potenciales efectos secundarios (como buscar otro empleo), o simplemente entretenerte con otra cosa (como realizar un curso para potenciar una habilidad nueva o un hobbie). Lo importante es que te des cuenta de que tienes opciones, porque tú puedes elegir cómo comportarte ante lo que te pasa.

Para terminar en esta línea, te recomiendo un vídeo con una reflexión del Dr. Mario Alonso Puig sobre nuestra responsabilidad en nuestra felicidad.

 

Resumiendo:

Aceptar el cambio

 

Y con esto me despido por hoy, espero que este post pueda ayudarte a adaptarte mejor a los cambios impuestos. Me gustaría conocer tu opinión y experiencias, y despejar tus dudas.

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Gracias por leerme, abrazos y ¡disfruta tu cambio!

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