Reparametrizarme

por Eli Giraut
Reparametrizarme

¡Buen día! Menuda palabrita esta, “reparametrizarme”… pues sí, es lo que hacemos constantemente, día tras día, generalmente de forma inconsciente.

 

Parametrizar es declarar parámetros a algo, o estudiar algo mediante parámetros, siendo el parámetro un elemento o dato importante, incluso imprescindible, para evaluar una situación.

 

Cuando diseñamos un proyecto, definiendo en este caso como proyecto a un conjunto de tareas que llevan a un resultado, le fijamos determinados parámetros de funcionamiento y de éxito. Si el proyecto es ir de mi casa al trabajo conduciendo, los parámetros que puedo medir, como parámetros de funcionamiento, son la velocidad a la que voy, la distancia que recorro, el tiempo que tardo, hora de salida y llegada, y el consumo de combustible del coche, por ejemplo. Como parámetro de éxito podría definir llegar a una hora determinada al trabajo respetando los límites de velocidad, entre otros.

 

Todo proyecto requiere parámetros, es decir, debe ser parametrizado. Y todo parámetro es susceptible de cambio, cuando se auditan los resultados y la realidad y se ve que no se corresponde, y entonces hay que corregir desvíos, modificando alguno de los parámetros del proyecto. Si yo me comprometo conmigo misma a cumplir con un presupuesto de gasto de 1.000 € al mes (mi parámetro de éxito), para mantener mi gasto anual en 12.000 € o menos, en el momento en que en un mes gasté 1.200 €, mi nuevo parámetro de éxito será gastar menos de 900 u 800 € hasta reconducir la situación, según la velocidad a la que quiera reconducirla. Es decir, he “reparametrizado” el proyecto del gasto mensual.

 

Esto de la parametrización funciona a un nivel inconsciente y muy sutil en el condicionamiento conductual. Cuando somos niños, absorbemos la información de nuestro entorno, especialmente procedente de nuestros padres, y vamos definiendo lo que es un éxito o no en base a cómo nos sentimos. Es común, al menos en las mujeres de mi generación, el condicionamiento de evitar el conflicto. Observo en la infancia que cuando hay conflicto, cuando mis padres discuten y se enfadan, siento una energía que no me gusta, que me hace sentir mal, y que cuando todo el mundo está contento la energía que siento me hace sentir bien, y que cuando “me porto bien”, es decir, cuando hago lo que otros quieren de mí, mis padres suelen estar contentos. A nivel inconsciente me he parametrizado: para sentirme bien es necesario que nadie se enfade y para ello hago lo que otros quieren de mí, es necesario ser “la niña buena” y no “la mala de la película” (como si no hubiera punto medio).

 

Y esto, que en la infancia es una estrategia adaptativa muy relevante, en el adulto es una carga enorme, porque no nos priorizamos, porque priorizarnos nos convierte muchas veces, ante nuestros ojos y los de los demás, en “las malas”, por no complacer a otros. Y se manifiesta de formas que no siempre percibimos, porque esto va por umbrales. Puede que yo piense que ya lo he resuelto y que ya no evito el conflicto porque en mi trabajo me paso el día en situaciones de conflicto y ya lo tengo superado, pero en el fondo sé que no es así, si observo las pequeñas situaciones y detalles que se me presentan en el día a día. Aún queda esa llamada potencialmente conflictiva que pospongo, esa conversación asertiva, esa tarea que sé que me generará tensiones. Pero sobre todo, aún queda la factura en el restaurante que he pagado aunque la comida no me satisfaciera.

 

Me pasó el pasado viernes, y fue el toque de realidad que necesitaba para reparametrizarme en este sentido de la asertividad y el conflicto. Llevaba días observando esas pequeñas procastinaciones, pero como tengo mucho que hacer, me decía que guardaba esas tareas para momentos en los que tuviera más tranquilidad y energía, momentos que no van a llegar si no los genero yo específicamente. Me fui a comer tarde, incumpliendo mis horarios, por terminar algo en el trabajo (no me prioricé), y no conseguí comer en el sitio saludable en el que quería, porque era tan tarde que estaba casi todo cerrado, y por no complicarme decidí comer en un restaurante cercano de los que dan comida todo el día, de los que son especialmente preparados para turistas.

 

Una vez allí, decidí que si me salía de la dieta, pues ya lo hacía completo, y que ese día me permitía vino y postre. Pedí un pisto y dos vieiras, y un albariño y un agua. El pisto estaba bastante decente. Pero el vino era tirando a malo y las vieiras estaban fatal, casi ni las comí, y casi no tomé el vino. La primera reacción que tuve fue “no voy a decir nada, no vuelvo y ya”. La segunda fue “de eso nada, le digo que las vieiras está fatal” (ya es un avance). Eso hice. Del vino ya ni hablé, pensé “eso me pasa por no pedir el vino que quería y conformarme con el de la casa, si me voy a salir de la dieta, que valga la pena” (oigase a la culpa hablando). Cuando trajo la factura, vi que me cobró las vieiras pero me invitó el postre (ese sí estaba bueno), la manzanilla y el agua. Me quedé tranquila pensando que estaba el tema arreglado, aunque posteriormente me di cuenta de que no, de que el monto de lo invitado era menor que el monto de las vieiras, y que, para respetarme a mí misma al 100%, tendría que haber devuelto las vieiras y el vino y no pagarlos.

 

Estas pequeñas acciones, esas pequeñas batallitas que decidimos no luchar (la persona que se me cuela en el super porque sólo lleva dos cosas, la llamada que atiendo cuando ya salgo tarde por si es urgente, la cita que acepto cuando no me viene bien, por ejemplo) nos parecen insignificantes, pero no lo son. En cada una de ellas estamos diciendo a nuestro inconsciente que el bienestar de los demás es más importante que el nuestro. Y eso, querida amiga, es justamente lo contrario al empoderamiento femenino que tanto queremos reclamar.

 

Así que es en esas pequeñas cosas en las que nos toca reparametrizarnos y empoderarnos, y poner límites y priorizar nuestro interés. Porque entrenándonos en ellas, conseguiremos ser mas ágiles a la hora de hacerlo en conflictos de mayor envergadura. Porque los conflictos que no enfrentamos (los de verdad, no los dramas) rara vez se resuelven sólos, más bien tienden a enquistarse y volverse peores.

 

Reparametrizando la dieta

 

Esta semana ha sido, en términos de resultados, peor que la anterior. Mi peso vuelve a ser más alto (600 gramos), y el primer pensamiento que vino fue “esto no puede ser”, y a continuación me dio la risa. Porque esto ES. Quizás sólo para que me vea, para que observe que no acepto la realidad como es, sino como yo quiero que sea, o quizás haya algo más detrás, no lo sé. Pero ES.

 

Así que, además de reparametrizar la asertividad y el enfrentarme a conflictos, me toca reparametrizar dieta y ejercicio y planes de acción. Porque, al revisarlos honestamente, no los he cumplido como debería. No sólo al salirme de la dieta el viernes, cosa que no pienso repetir en un buen tiempo porque no me compensa, sino también con el ejercicio. Los resultados a continuación:

 

Cumplimiento Domingo 24 Lunes 25 Martes 26 Miércoles 27 Jueves 28 Viernes 29 Sábado 30 Promedio semana
Dieta 100% 100% 100% 100% 80% 0% 100% 83%
Ejercicio 90% 70% 0% 90% 0% 0% 0% 36%
Horarios 30% 70% 30% 40% 0% 0% 50% 31%
Quererme 70% 70% 80% 80% 70% 40% 70% 69%

La tendencia con respecto a semanas anteriores es a peor. He comenzado a disminuir grasas y tortitas de arroz, pero no lo suficiente. El registro en digital ayuda, aunque no me he acordado de sacar fotos a todas las comidas. Sí me llevé la cena al trabajo, pero igual me la comí tarde. He aprendido que por mi agenda ponerme ejercicio los jueves no es realista, y por energía los sábados tampoco. Y he ido al médico para descartar causas más graves.

 

Ya había decidido intensificar frecuencia de trabajo con mi coach, a partir de la próxima semana, porque me ayuda que alguien me acompañe en el proceso para llevar la cuenta de mis pasos. Si comprometerme con otros aún es más fuerte en mí que comprometerme conmigo, voy a utilizarlo a mi favor.

 

También he decidido practicar más la relajación cuando me apetezca comer, para dar tiempo a observar lo que realmente ocurre en mí. Esta semana el viernes tenía hambre todo el tiempo y comí de más, pero viéndolo en retrospectiva, lo que tenía era ansiedad, esa vieja sensación conocida de que el tiempo no es suficiente para todo lo que tengo que hacer, y esa creencia de que la comida me alivia el estrés. Es en esos momentos en los que creo que no tengo tiempo, cuando más importante es priorizar el tomarme ese tiempo.

 

Y sobre todo, he vuelto a renovar el compromiso conmigo misma de que no hay nada más importante que mi transformación, que desplegar mi proyecto vital, para lo que necesito estructuras fuertes en todas mis dimensiones, y que no importa el tiempo que me lleve, el foco lo seguiré teniendo en mi salud, mi autoconocimiento y la expansión de mi consciencia, porque es lo más relevante.

 

Esta semana será retadora, estaré de viaje, con reuniones largas e intensas, comeré fuera de casa 4 días, y mis horarios normales se verán aún más alterados. De todas formas, mantengo el objetivo es hacer ejercicio 4 días y seguir sin vino, sin chocolate, sin cafeína, sin azúcar, sin sal y sin harinas blancas.

 

¿Te apetece contarnos tus experiencias con la asertividad o con la reparametrización? ¡Bienvenida eres!

 

¡Ah, se me olvidaba! La semana que viene, te espera una sorpresa, ¡acuérdate de venir!

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