El Árbol

por Eli Giraut
El Árbol

Este era un árbol que se encontraba desubicado. No sabía si debía florecer o no, o si le tocaba despedirse de sus hojas. Era complicado llevar la cuenta de los días en el centro comercial en el que vivía, donde la luz y la temperatura siempre eran iguales.

 

A veces podía orientarse por lo que veía en los escaparates o por la vestimenta de las personas que visitaban el centro comercial. Si veía a los comerciantes decorando sus tiendas con motivos navideños, sabía que estaba en noviembre. Cuando las personas comenzaban a llevar camisetas sin mangas y pantalones cortos, podía imaginar que estaba en junio, pero esta parte era un poco confusa, porque algunos años empezaba el calor en mayo, y en otros hasta julio hacía frío. Así, el árbol no sabía a ciencia cierta el día en el que estaba, y le resultaba muy difícil determinar si debía soltar sus hojas o dejar nacer sus flores y dar sus frutos.

 

Había nacido en la naturaleza, donde los pájaros lo visitaban, el río le susurraba historias y era libre de viajar a donde quisiera con sus hojas y semillas. Podía introducir un trocito de su alma en sus semillas y dejar que los pájaros o el viento lo llevaran muy lejos, y explorar otros mundos. Sabía que su utilidad consistía precisamente en producir esas semillas para que volaran y que de ellas pudieran nacer otros árboles en otros sitios. Pero desde que estaba en el centro comercial, la mayoría de sus hojas caían a sus pies y eran barridas cuando ya habían perdido su vida, y sus semillas se alejaban un poco enganchadas en la suela de algún zapato, pero era raro que pasaran de la alfombra que estaba a la entrada del centro comercial. Si conseguían llegar algo más lejos, llegaban al jardín exterior, y entonces se encontraban que era de piedras, no encontraban tierra para florecer, y no podían reproducirse.

 

Se sentía triste, atrapado y apagado. No sabía para qué vivía, tenía la sensación de no contribuir para nada con el mundo. Pensaba que si desaparecía, nadie lo notaría. Se sentía feo y enfermo cuando veía sus hojas marchitas y su tronco escamado. No entendía por qué lo habían arrancado de la naturaleza que amaba y lo habían dejado allí.

 

Un día que parecía de enero, porque los comerciantes comenzaban a retirar los adornos navideños, después de su tercera Navidad allí, el árbol se encontraba particularmente melancólico, cuando observó a un niño sentado a sus pies, que parecía aún más melancólico que el árbol. No lloraba, pero su rostro estaba apagado y triste. Tenía la mirada perdida apuntando hacia la maceta del árbol, pero se notaba que en realidad no veía nada y estaba ocupado en sus propios pensamientos. Sólo tenía en su mano un cochecito con el que jugaba de vez en cuando, pero al rato se aburría, suspiraba y volvía a quedar mirando al vacío. Así continuó hasta acabar el horario comercial, cuando su madre vino a buscarlo para llevárselo.

 

A partir de ese día, varias tardes a la semana la escena se repetía, con el niño sentado cerca de la maceta del árbol, jugando con su cochecito, perdiendo su mirada en la maceta, en el árbol, en las tiendas, o en otros niños que pasaban por el centro comercial, a los que miraba con tristeza especial.

 

El árbol supuso que la madre del niño trabajaba en una tienda cercana y que lo dejaba allí para tenerlo a la vista desde la tienda los días que no tenía quien lo cuidara. Un día le vino la idea de que la madre lo había contratado para cuidar al niño y de repente se sintió contento. Era una idea absurda pero eso no le quitó la alegría. Así que se dedicó esa tarde a observarle con más atención.

 

Entendió que el niño estaba triste porque no tenía con quien jugar, por las miradas anhelantes que lanzaba a otros niños al pasar. Así que decidió interactuar con el niño. Era ya febrero, casi marzo (o eso suponía él por la cantidad de días que había estado observando al niño y porque algunos transeúntes ya no llevaban abrigo), por lo que la época era indicada para reactivar el flujo de la savia creadora en su interior y reiniciar la producción de flores.

 

El árbol pensó que una flor quizás pudiera alegrar al niño por un instante, porque la belleza que irradiamos desde nuestra luz interior, cuando la dejamos salir, ilumina todo. El árbol recordaba que el sabio arroyo al lado del cual vivía le decía esto, y le pedía que ofreciera sus flores y frutos más hermosos.

 

Pasó unos días creando hermosos capullitos, y cuando hubieron tenido un tamaño que consideró adecuado comenzó a soltarlos, uno a uno, cerca del niño. Éste tardó cinco capullos en darse cuenta de su existencia. Cogió el quinto en la mano, lo observó detalladamente, y vio que había otros cuatro en el suelo. Miró hacia el árbol y se lo encontró lleno de capullitos, y por primera vez en muchos días el árbol lo vio sonreír, maravillado por el espectáculo.

 

El árbol estaba feliz por haber hecho sonreír al niño, y se embelleció aún más en los siguientes días, soltando capullos de vez en cuando para que el niño juegue con ellos, sintiendo que de verdad tiene la función de cuidar del niño, que vuelve a ser útil.

 

Tanta hermosura atrajo finalmente a más niños. No se conocían entre ellos pero comenzaron a comentar lo bello que era el árbol y sus flores, y poco a poco se hicieron amigos y comenzaron a jugar alegres a los pies del árbol.

 

El árbol se sintió muy contento y de repente lo entendió. Estaba allí porque ese era su lugar, su misión era dar luz y alegría y en ese triste centro comercial podía dar más luz y alegría que en un bosque donde había muchos más como él. Su impacto era mayor ahí que en el arroyo hermoso. Su trabajo era alegrar ese sitio para esas personas que todos los días pasaban por allí y sus comerciantes. Llevar la belleza natural donde no la hay, porque todos disfrutamos de conectar con la naturaleza como camino a nuestro interior.

 

También comprendió que siempre hay una razón para todo, un propósito detrás de cada cosa que pasa, que a veces no sabemos entender porque no tenemos toda la información, todos los puntos de vista. Pero que nuestra libertad última es decidir cómo nos sentimos ante las cosas porque podemos cambiar lo que pensamos de ellas, como enfocamos nuestra intención hacia ellas. Y que si nos vemos como parte de la solución terminamos por contribuir inevitablemente a solucionar.

 

Desde ese día el árbol florecía hermoso cada primavera, y cada otoño era el último en soltar sus hojas, y se mostraba siempre lustroso, abundante y feliz, porque veía la sonrisa de las personas cuando pasaban a su lado y lo miraban con cariño y asombro, y esa era su mayor recompensa, contribuir a la felicidad a otros.

 

Y tu, ¿floreces donde estás plantada?

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