Elenita pequeñita

por Eli Giraut

¡Buen día! Hoy quiero regalarte un cuento. Elenita es la protagonista de muchos cuentos que mi sobrina Corina y yo inventamos juntas. Ella disfruta muchísimo con las historias de Elenita y yo con el proceso creativo. La semana que viene continuaremos hablando de cuidarnos; hoy, ¡solo relájate y disfruta esta historia! Como siempre, tus compartires son bienvenidos.

 

Elenita era una niña de lo más normal, como todas las niñas de su edad, a la que gustaban las aventuras y explorar el mundo, y disfrutaba mucho conociendo jardines y parques nuevos. Una mañana de sábado, Elenita se despertó y descubrió que se había vuelto pequeñita, muy pequeñita, más pequeña que un clip. Su cama parecía una gran llanura, y la almohada una montaña insalvable. Y el suelo estaba a una distancia descomunal. Su pijama no le servía, era un montón de ropa a su alrededor, y tenía algo de frío.

 

  • Vaya, – pensó Elenita, – y ahora, ¿qué hago?

 

Estaba un poco confusa y asustada, a decir verdad. Gritó un par de veces llamando a su madre, pero como era tan pequeña, su voz no podía ser escuchada sin más por los humanos de tamaño normal.

 

  • Bueno Elenita – se dijo – a ti te gustan las aventuras, y esta es una más. ¡Vamos a explorar! Lo primero es conseguir algo de ropa, que tengo mucho frío.

 

Dio varias vueltas alrededor de la cama buscando la forma de bajar de ella. Trepar por la madera era muy complicado y algo peligroso. De pronto, se dió cuenta de que la sábana tenía un hilo suelto, y vió que era lo bastante largo como para acercarla a la pata de la mesita de noche, que era de espiral y le serviría para bajar como si fuera un tobogán. Se ató el hilo alrededor de la cintura, y como no pesaba casi nada, pudo bajar lentamente por el hilo hasta encontrarse a la altura de la pata de la mesita de noche y, sin soltarse del hilo, saltar hasta la pata, impulsándose con los pies en la cama, y tratando de sujetarse a los dibujos en la madera de la mesita. Le costó varios intentos y finalmente lo consiguió, se desató y se deslizó por la pata en espiral como si fuera un tobogán.

 

  • ¡Yuupiiiii! ¡Que divertidoooo! ¡Me ha encantado! Mira, ya le empiezo a ver ventajas a esto de ser tan pequeña, eso jamás lo habría podido hacer si tuviera tamaño normal, que ese hilo no habría aguantado mi peso.

 

Comenzó a andar hasta su armario, pero se dio cuenta de que no le valdría nada de lo que había allí, que era de tamaño de niña normal. Recordó que tenía unas muñequitas de porcelana pequeñitas, y que ella le había pedido a su madre que le tejiera una ropita a esas muñequitas porque siempre estaban frías. Su madre le había hecho unos vestiditos muy pequeñitos, y desde entonces esas muñequitas estaban menos frías.

 

  • Esos vestiditos serían perfectos para mí ahora. ¿Pero dónde guardé yo esas muñequitas? ¡Qué frío!

 

Se puso a correr en el sitio para que no le diera más frío, y el ejercicio le hizo recordar que las había puesto en su casita de muñecas. Así que se acercó a esa parte de su habitación, pero era tan pequeñita que le llevó un buen rato recorrer un par de metros. Cuando por fin llegó ya no tenía frío, pero igual le parecía buena idea vestirse, así que entró a la casita de muñecas. Resulta que era tan pequeñita que hasta la casa de muñecas se le hacía un poco grande, y 

para subir los escalones de la escalera tenía que saltar e impulsarse con los brazos, pero finalmente llegó al piso de arriba de la casita, donde estaban las muñequitas, y pudo quitarle un vestido a una de ellas (también con algo de esfuerzo) y ponérselo ella.

 

  • Bueno, ahora que ya estoy vestida, ¡tengo mucha hambre! Voy a ir a la cocina a ver qué puedo conseguir allí, ¡puede que con una miga de pan ya me llene!

Elenita volvió a bajar los escalones de la casa de muñecas saltando, y al llegar al suelo comenzó a caminar hacia la cocina, pero se dio cuenta de que le iba a llevar mucho rato, y recordó que había por allí cerca un patinete de juguete que había conseguido en una piñata. Lo buscó y lo encontró a un lado de la casa de muñecas, y observó que era un tamaño un poco grande para ella, pero encontró por ahí una horquilla del pelo perdida, y se dijo:

 

  • ¡Ya sé! Utilizaré la horquilla como si fuera un remo y el patinete como si fuera un bote.

 

Se subió al patinete y se fue hacia la cocina ayudándose de la horquilla. Era un poco difícil pero pronto alcanzó velocidad y empezó a divertirse mucho. Lo más complicado era girar cuando llegaba a una puerta, y a veces se tenía que bajar del patinete y empujarlo con la mano y posicionarlo para seguir andando. Se lo pasó muy bien llegando a la cocina.

 

Se acercó a la alacena y vio que estaba abierta porque su madre estaba por allí haciendo el desayuno para todos. Y llamándola:

 

  • ¡Elenita, despierta ya, que se te van a quedar las sábanas pegadas!

 

Elenita pensó:

 

  • ¡Si ella supiera! Primero voy a ver que puedo comer por aquí, y luego ya veré cómo hago para tratar de comunicarme con ella.

Al entrar en la alacena, vio que había en la parte inferior bricks, botellas y latas, y buscó la forma de escalar por ellos para alcanzar el siguiente estante, en el que sabía que había galletas y pan. Encontró un brick que estaba un poco golpeado y arrugado, y vio que podía escalar por él. Llegó a lo alto del brick y pudo dar un salto hasta la estantería superior. Ahí encontró el paquete de pan ¡abierto!

 

  • ¡Qué suerte! ¡Con el hambre que tengo!

 

Y se metió en el paquete del pan y comenzó a arrancar trocitos con sus manos y a comer con voracidad, hasta que al cuarto trocito se llenó.

 

  • Vaya, ahora necesitaría algo de beber, ¿pero cómo hago?

 

Y mientras caminaba pensando cómo podía hacer para beber algo, ¡se encontró de frente con un grupo de hormigas!

Las hormigas eran más pequeñas que Elenita, pero aún así, un grupo de ellas podría ser capaz de hacerle daño, y sintió algo de miedo. Las hormigas la miraban como si no entendieran nada. Elenita subió sus manos como en señal de paz y pensó:

 

  • Bueno, si he llegado hasta aquí, usando toda mi creatividad y fuerza, no me voy a asustar por unas hormigas

 

Y con las manos en alto, les dijo:

 

  • ¡Buen día, señoras hormigas! No sé si entienden ustedes mi idioma. Me gustaría saber qué hacen ustedes por aquí, en la casa de mi familia. Tengo entendido que las hormigas deben estar en el campo, no en las casas de las personas. Sólo tengo curiosidad, nada más.
 

La hormiga más grande, que parecía la jefa de las otras, le contestó con una voz un poco extraña:

 

  • ¡Buen día! Entendemos su idioma, hemos aprendido a hablarlo después de escucharlo toda la vida. Lo que no sabíamos es que podían existir personas tan pequeñitas. Pues le diré, niña, que las hormigas estábamos de los más felices viviendo en el campo, y recolectando nuestra comida natural y de la tierra, pero como cada vez hay más personas en el campo, y las ciudades se hicieron cada vez más grandes, es inevitable que nos encontremos cada vez con mayor frecuencia. Nosotras vivíamos en el jardín que había al lado de este edificio, que tenía árboles frutales que nos daban buenos alimentos, pero ese jardín ha desaparecido, ahora sólo hay una plaza y unos columpios, ya no hay árboles, y nos hemos visto obligadas a buscar  nuestra comida en otras partes. ¿O usted que se cree, que nosotras preferimos comer esta comida procesada en lugar de nuestras deliciosas frutas naturales?
  • Pues yo pensaba que les encantaban los dulces

    – contestó Elenita

  • La fruta dulce, sí. Estas galletas y golosinas no son sino un sucedáneo, y no son tan sanas para nosotros. ¡Y encima nos arriesgamos a que nos maten cada vez que hacemos una excursión para buscar comida!. Es una vida difícil para nosotros, y todo porque las personas nos quitaron nuestra casa y nuestra fuente de alimentación.

 

Elenita se puso de pronto muy triste. Comprendió perfectamente a las hormigas. A ella también le había entristecido ver que habían quitado los árboles y el jardín, aunque disfrutaba de los columpios. Y se imaginó lo difícil que podía ser su vida si nunca recuperaba su tamaño, huyendo todo el tiempo de personas grandes que pudieran confundirla con un insecto y matarla en cualquier momento.

¿Por qué las personas mataban a los insectos o invadían sus espacios? ¿Sólo porque eran más pequeños y diferentes? Si lo único que querían era tener alimento y estar seguros… ¡Como nosotros!

 

  • Cuando yo consiga volver a mi tamaño normal, les prometo que buscaré la forma de ayudarles a recuperar su forma de vida. Pero primero debo ser capaz de hablar con mi madre y explicarle la situación, para que me ayude. ¡Y no sé cómo hacer eso!

 

  • Con eso podemos ayudarla, niña. Podemos llamar a nuestras amigas las moscas para que la ayuden a acercarse a su madre

 

Y las hormigas llamaron a las moscas con un silbido que las personas grandes no escucharían, pero que Elenita por su tamaño si oyó. Y vinieron dos moscas, que comenzaron a hablar aceleradamente con las hormigas en un idioma que Elenita no entendió.

  • Niña, me cuentan mis amigas las hormigas que necesita usted ayuda para comunicarse con su madre – le dijo la más grande de las moscas-. Le sugerimos llevarla volando hasta su oreja, para que usted pueda allí gritarle y hacerse oír. Pero tendrá que tener cuidado, las personas grandes tienden a darnos manotazos cada vez que nos acercamos a ellas, deberá sujetarse fuertemente a nuestras patas.

 

  • Gracias, señora mosca, creo que podré hacerlo

Y Elenita se sujetó con cada mano a dos patas de cada mosca, con mucha fuerza, y con un poco de miedo, y las moscas comenzaron a volar. Elenita vio como la estantería de la alacena se alejaba de sus pies y se elevaba cada vez a mayor distancia del suelo. Decidió no mirar abajo y mirar al frente, para no asustarse más, y descubrió que era maravilloso poder volar como las moscas. Podía observar con mucho detalle todo lo que le rodeaba, las rayaduras de la nevera, lo bonita que era la madera de los muebles de la cocina, con tantas vetas, y los detalles bordados de la bata de casa de su madre, a medida que se acercaban a ella. Le parecía hermoso todo aquello que antes veía como normal.

Su madre estaba de espaldas y concentrada en preparar el desayuno y no reparó en las moscas, que pudieron posarse suavemente, con Elenita, en su cabeza.

 

  • ¡Muchas gracias por traerme, señoras moscas! Han sido ustedes muy amables. No entiendo por qué la gente piensa que ustedes son tan repelentes, si han sido muy buenas conmigo.

 

  • Eso es porque la gente no nos entiende. Piensa que sólo llevamos gérmenes y que nos gusta la basura, pero lo que no saben es que somos grandes exploradoras, nos gusta conocerlo todo, tenemos mucha curiosidad, y por eso exploramos hasta la basura. Somos unas incomprendidas, pero ya nos hemos acostumbrado.

 

  • Cuando yo consiga volver a mi tamaño normal, nunca más volveré a darles manotazos, ¡se lo prometo!

 

Las moscas la saludaron y se fueron, y Elenita fue bajando por el cabello de su madre hasta llegar a su oreja, y desde allí, comenzó a gritar:

  • ¡Mamá, Mamá, necesito tu ayuda! Soy Elenita, me he vuelto muy pequeñita y estoy en tu oreja, ¡ayúdame, por favor!

Su madre se quedó muy quieta, como si hubiera escuchado algo pero no supiera qué, y Elenita repitió su mensaje gritando una y otra vez. Su madre apagó todos los aparatos de cocina, como para poder oír mejor, y se acercó a un espejo. Allí pudo ver a Elenita en su oreja.

 

  • Así que ahí estás, ¡ya me parecía raro a mi que no te hubieras levantado!

    – le dijo su madre sonriente.

 

Elenita no entendía nada. ¿Por qué su madre no se asustaba? ¿Cómo es que sonreía? ¡Si lo que le pasaba era rarísimo!

 

  • Estarás asustada – continuó hablando su madre – pero si has llegado hasta mi oreja, y vestida, estás llena de recursos, ¡y me alegro mucho por eso! No te preocupes, estas cosas son normales en nuestra familia. Voy a preparar un jarabe que te ayudará a recuperar tu tamaño normal. Ven, es mejor que te quedes en la encimera de la cocina, no te vayas a caer de mi oreja.

Y su madre colocó su mano para que Elenita pudiera subirse. Elenita se subió y se sujetó a los dedos, y su madre la depositó suavemente en la encimera, encima de un platito, para no perderla de vista. Y mientras preparaba el jarabe, buscando ingredientes por toda la cocina, le fue contando la historia:

 

  • En nuestra familia hubieron magos y brujas famosos, que eran muy buenos, pero que a veces se peleaban entre ellos por tonterías. Cada vez que discutían se lanzaban hechizos, y se convertían unos a otros en gigantes, o en pequeñitos, o en animales, o se volvían más fuertes o invisibles para poder pelearse entre ellos. Generalmente eran cosas inofensivas que sabían revertir con facilidad, con sencillos jarabes como este que estoy preparando. Pero hicieron tantos trucos durante tanto tiempo, que aunque las siguientes generaciones dejaron la magia, nuestros genes quedaron alterados para siempre, y ahora, a los niños de nuestra familia pueden ocurrirles transformaciones espontáneas cuando están algo nerviosos. Apuesto a que tú estás algo nerviosa con ese examen que tienes el lunes, ¿a que sí?

Elenita asintió, comprendiendo todo. Su madre siguió contándole historias familiares hasta que el jarabe estuvo listo: cómo cuando ella era niña se había transformado también en pequeñita una vez, en pájaro otra, en lagartija en una ocasión y un día se había vuelto súper fuerte; y cómo la abuela cada vez había preparado un jarabe diferente para que volviera a la normalidad. No había querido beberse el jarabe para dejar de ser súper fuerte, pero la transformación se revirtió sola a los pocos días.

  • Así que no debes asustarte, esto es normal entre nosotras – dijo la madre -, y aunque yo no esté un día para hacerte los jarabes, no te preocupes, te dejaré el libro donde las recetas están apuntadas, y de todas formas, a los pocos días los efectos se revierten solos. Y ahora bébete este jarabe.

 

Elenita lo bebió y fue creciendo poco a poco: en una hora era del tamaño de una taza, a la hora siguiente ya medía treinta centímetros, y así, al llegar a la tarde, ya había recuperado su tamaño normal. En ese tiempo fue contando a su madre sus aventuras de la mañana, y su madre le sugirió que podían hacer un pequeño huerto en la terraza para que las hormigas pudieran hacerlo su hogar, y para que las moscas tuvieran un nuevo sitio que explorar. Y tan pronto Elenita recuperó su tamaño, fueron a comprar los materiales necesarios para construirlo, para que pudiera ayudar a las hormigas a recuperar su forma de vida, como les había prometido.

 

Elenita comprendió que aún las situaciones que nos parecen más difíciles pueden ser vividas como una gran aventura si nos lo proponemos y utilizamos nuestra creatividad en lugar de quejarnos; que cambiar nuestro punto de vista sobre las cosas cotidianas de nuestra vida les puede aportar nuevo valor; y que ponernos en la piel del otro, tratar de revivir su experiencia, nos permite entendernos mejor y alcanzar soluciones más satisfactorias para todos. Y a partir de entonces respetó a los insectos y se cuidó mucho de no pisar ninguna hormiga ni dar manotazos a las moscas.

 

 

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