Violeta, la locomotora soñadora

por Eli Giraut
Violeta, la locomotora soñadora

Violeta era una locomotora morada. Su chimenea, sus bielas y sus ruedas eran cromadas y relucientes y eso le daba un aspecto muy moderno. Era la hija de la que había sido la pequeña locomotora azul que sí pudo1. Desde que era pequeña, había escuchado muchas veces la historia de la hazaña de su madre, cómo había conseguido atravesar una gran montaña cargando con un tren lleno de juguetes inspirada con la frase “creo que puedo, creo que puedo”.

 

Violeta disfrutaba hablando con todas las locomotoras y trenes que pasaban por su estación y oyendo sobre todas las diferentes cosas que hacían. Les hacía pregunta tras pregunta hasta entender perfectamente a qué se dedicaban. Un tren muy grande y fuerte le contó casi en secreto que era mejor no acercarse a su carga, porque llevaba residuos muy peligrosos. Tenía una señal de peligro en cada vagón, pero a Violeta le pareció que aquel tren estaba fardando un poco y que le encantaba llevar esa carga que le hacía parecer tan rudo.

 

Una locomotora naranja muy parlanchina le contó que le encantaba su trabajo porque solía transportar coches de la cercana fábrica en donde nacían hasta sus afortunados nuevos dueños. También le dijo que su prima era aún más feliz porque trabajaba en una montaña rusa, llevando niños y adultos siempre por el mismo recorrido, lleno de subidas y bajadas y curvas vertiginosas, disfrutando de la velocidad, de las risas y de los gritos emocionados de sus pasajeros.

 

Otra locomotora verde y muy elegante le narró que venía de muy lejos, del otro lado del continente, llevando turistas de un lado al otro, que disfrutaban del lujo de sus vagones y de unos paisajes espectaculares, y de conocer ciudades con calma y tranquilidad. Mientras, otro tren azul y plata, muy aerodinámico, le contó que solía viajar con muchísima rapidez por unos rieles especiales, transportando pasajeros que querían llegar muy pronto a su destino.

 

La parte de los rieles especiales que permitían ir muy rápido despertó una curiosidad en Violeta, una idea que nunca antes se había cuestionado: ¿todas las locomotoras y trenes iban por rieles? Aquello la tuvo pensativa varios días, hasta que su madre advirtió su ensimismamiento:

 

  • Violeta, ¿qué te ronda por la mente?
  • Madre, ¿Todas las locomotoras y trenes viajan siempre sobre raíles?
  • ¡Por supuesto! ¡Qué preguntas más raras haces a veces, hija! ¿Por dónde iban a viajar si no? Nuestras ruedas sólo sirven para funcionar sobre raíles.

 

Aquella respuesta incrementó su inquietud. De repente sentía como si su libertad se hubiera esfumado. Era absurdo, Violeta nunca había deseado salirse de los raíles, ni se lo había planteado. Pero de repente, al saber que no era posible, lo único que deseaba era viajar fuera de los raíles. Ahora, cada vez que una locomotora o un tren se acercaban a su estación, Violeta añadía, a su batería de preguntas, una nueva: ¿has visto alguna vez a un tren o una locomotora fuera de los raíles?

 

Consiguió pocas respuestas positivas, y en todas había un factor común: la máquina que salía de sus raíles se quedaba detenida. No seguían rodando. Estaban allí en museos o abandonadas o utilizadas como alguna otra cosa, incluso como vivienda, pero no se movían. La conclusión de todos era la misma, para moverte necesitas raíles. ¡Ni que fuéramos coches!

 

Violeta estaba en esa edad en la que debía decidir a qué dedicarse, pero no sabía por dónde empezar. Le encantaba escuchar todas esas historias e imaginarse las aventuras que otros habían vivido, reproduciéndolas en su mente cual película cuando se las contaban, e incluso disfrutaba narrándolas a otros. Y cuando lo hacía, su narración era mucho mejor que la que le habían contado a ella, ya que sabía añadir emoción y suspense a sus historias. Su público era frecuentemente los trenes y locomotoras más pequeños, que la miraban embelesados y no se perdían ni una sola de sus palabras, y se emocionaban cuando ella quería y aplaudían siempre al final de sus historias, incluso con la historia de su madre que ya habían oído cientos de veces. Muchas veces, hasta lograba añadir algo educativo a sus historias, nueva información o una moraleja, y se sentía bien pensando que había enseñado algo nuevo a esos pequeños.

 

Eso era lo que más le gustaba y se le daba muy bien. Sin embargo, los trenes y las locomotoras se dedican al transporte sobre rieles, no a la enseñanza o a contar cuentos, y Violeta no tenía ni idea qué transportar. Nada le parecía atractivo; alguna vez había ayudado a su madre a llevar juguetes y había estado bien, aunque no tanto como contar historias. Le había gustado más la vez que acompañó a su padre, un tren negro con rayas rojas que lo hacían parecer muy alegre: habían transportado libros, y éstos al menos le habían proporcionado historias nuevas que contar después.

 

Un día su madre se le acercó con cara seria:

 

  • Violeta, hija, ¿no te parece que ya es hora de elegir qué transportar?
  • Lo sé madre, pero no tengo ni idea qué elegir. Nada me llama realmente la atención. Un poco los libros, pero…
  • Podrías empezar por los libros entonces, hija, y ya irás viendo después si surge algo que te guste más. Mira mi historia, comencé cambiando los vagones de una vía a otra en la estación, y sólo supe que quería dedicarme al transporte de juguetes después de aquella experiencia con la montaña. Es cuestión de empezar a hacer algo y estar dispuesta a tomar las oportunidades que la vida te da para encontrar lo que realmente te gusta. Por algún lado tienes que empezar, que te estás haciendo mayor.

Violeta se quedó pensando en eso y estuvo otra vez ensimismada unos días. Esta vez, su padre fue quien le preguntó:

 

  • Violeta, ¿a qué viene esa cara de rolinera?
  • ¿Cara de rolinera?
  • Sí, hija, de que tu mente no se detiene, como si fuera una rolinera o un spinner.
  • ¡Jeje, ay padre, qué cosas tienes! ¡Jeje! Bueno, sí hay algo que me inquieta un poco, y es lo de no saber a qué dedicarme. He pensado en el transporte de libros, pero no me inspira tanto como a ti.
  • Creo que hay algo que puede ayudarte, hija. Lo leí una vez en uno de los libros que llevaba. Cuando una locomotora se siente inquieta, porque ya no está contenta con su vida y no sabe a qué dedicarse a continuación, puede imaginarse por un momento que ya tiene todo el dinero que necesita para vivir holgadamente ella y toda su familia, que tiene todo el tiempo disponible para hacer lo que quiera, que tiene toda la salud y el amor que necesite y que tendrá el cien por cien de probabilidad de éxito en todo lo que emprenda. Como si un genio de repente llegara y le concediera esos deseos con magia. Y entonces, en esa circunstancia, la locomotora debe escribir la respuesta a la siguiente pregunta: ¿cómo sería tu día ideal?
  • Gracias padre, lo pensaré

 

Esa noche, después de cenar, Violeta se dedicó un rato a pensar en lo que le había dicho su padre. Con su vívida imaginación, reprodujo en su mente la película de un genio apareciéndose delante de ella y proporcionándole los cuatro deseos: dinero, tiempo, salud, amor, éxito. Y se vio circulando libremente fuera de los raíles, llevando historias educativas e inspiradoras a todas partes. No sólo a trenes y locomotoras, sino también a camiones, autobuses, coches, motos y bicicletas, que aprendían que lo imposible podía hacerse posible sólo con desearlo, con cambiar los pensamientos de nuestra mente, como lo había hecho ella al decidir que un día viajaría fuera de raíles. Y cuando esa imagen se formó en su mente, se convirtió en algo tan sólido y real para ella que se sintió completamente feliz, como si ya lo hubiese conseguido.

 

En ese momento supo que era eso, y sólo eso, y ninguna otra cosa, lo que quería hacer. No tenía ni idea de cómo conseguirlo, pero eso era lo que quería y no se detendría hasta lograrlo.

 

Así que trazó un plan. Por un lado, tenía que conseguir averiguar cómo avanzar y rodar fuera de los raíles. Por otro lado, tenía que encontrar quien estuviera dispuesto a pagar por sus historias.

 

Por lo pronto, el primer paso era irse de casa y buscar un nuevo público para sus historias, y empezar a explorar el mundo aunque fuera en raíles, ya que aún no tenía ideas sobre cómo hacerlo fuera de los raíles. Se despidió con mucho cariño de sus padres y amigos, quienes le mostraron su apoyo, y emprendió el camino hacia la montaña que había hecho famosa a su madre. A medida que iba llegando a una nueva estación, se presentaba, colocaba una taza delante de ella para que quien disfrutara de sus historias pudiera dejarle dinero, y se ponía a contar historias todo el día. A veces reunía algo de dinero. A veces sólo conseguía que le invitaran a cenar los habitantes de las estaciones. Y en alguna ocasión se tuvo que ir a dormir sin cena. Pero estaba feliz porque a cada instante hacía lo que le gustaba, y disfrutaba con ello, y sabía que todo lo que le ocurría era un aprendizaje para ella, un paso más hacia su sueño.

 

Cuando comentaba con sus anfitriones que su sueño era viajar fuera de los raíles, la mayoría se quedaba educadamente en silencio, pero algunos se burlaban de ella, se reían diciéndole que vivía de ilusiones, que eso era imposible. Violeta no admitía que nadie le dijera que algo era imposible o que no podría hacerlo, porque se había criado oyendo la historia de su madre, y sabía que si ella confiaba en que podía hacer algo, sería capaz. Eventualmente dejó de compartir su sueño con extraños, y seguía alimentándolo en silencio en su corazón.

 

Un día, llegó a una estación donde había un taller mecánico. Supo que el dueño del taller era un tren inventor al que la gente consideraba un loco por lo poco ortodoxas que eran sus ideas. Decidió que era del tipo que podría inspirarle una historia nueva y original, y se decidió a ir a conocerlo. El inventor era un tren plateado, con gafas y barba, con una sonrisa muy dulce y que reía constantemente, llamado Trueno. Le enseño algunos de sus inventos, como unas alas para una locomotora voladora, o unas aletas y escafandra para una locomotora submarina. Violeta se sintió lo suficientemente confiada para contarle su sueño:

 

  • ¿Sabes Trueno? Nunca se me había ocurrido que pudiera volar o viajar bajo el agua. Son ideas muy interesantes, y ahora que sé que alguien trabaja en ello, me gustaría probarlo algún día. Aunque en realidad, lo que siempre he querido hacer, es rodar fuera de raíles, pero no sé cómo.

 

Trueno sonrió con mucha dulzura, y sin decir nada, fue hacia el fondo del taller y abrió una cortina, y le hizo señas para que se acercara. Cuando Violeta pudo ver lo que había detrás de la cortina, se decepcionó un poco. No sabía lo que estaba esperando, pero ahí sólo había un amasijo de caucho. No quiso ser brusca con Trueno, pero su voz reflejó un poco su decepción:

 

  • Lo siento Trueno, no sé cómo eso se relaciona con lo que te he contado.
  • ¿No lo ves? ¡Son zapatos de neumáticos para locomotoras! Lo que pasa es que están amontonados. ¡Ven, ayúdame a desenrollarlos!

 

Juntos comenzaron a desenrollar aquel amasijo y poco a poco Violeta pudo ver como efectivamente, aquello eran dos elipses enormes de caucho que podían calzarse en las ruedas de cualquier locomotora, con unos pequeños ajustes. Así que no perdieron tiempo y calzaron esos “zapatos de neumáticos” en Violeta. Y salieron a la parte trasera del taller, donde acababan los raíles, a probarlo.

 

Violeta comenzó a rodar tímidamente fuera de los raíles, muy despacio primero, con un poco más de velocidad después, campo a través. ¡No se lo podría creer, rodaba con fluidez! Pronto alcanzó incluso más velocidad que la que nunca había conseguido sobre raíles, y comenzó a reír a carcajadas sintiendo el viento fuertemente en su cara, arrancándole lágrimas de felicidad ¡Lo había conseguido, su sueño era realidad!

 

Decidió dar la vuelta para agradecer a Trueno sus zapatos y preguntarle cómo pagarle. Trueno la sorprendió, ya que se estaba calzando otros “zapatos de neumáticos”:

 

  • Iba a ir a buscarte, ¡se te oía tan feliz que quise probarlos!
  • ¿Nunca los habías probado?
  • ¡Si los fabriqué ayer! Había tenido la idea hacía tiempo, pero por una razón u otra no los fabricaba. Y ayer, después de reparar un camión que me pagó con un montón de ruedas viejas, de pronto me entró una urgencia por fabricarlos que no pude detenerme hasta acabarlos. Está claro que mi “parte sabia” sabía que hoy serían necesarios.
  • ¿Tu “parte sabia”?
  • Sí, la que me dice cuándo debo tener paciencia, cuándo debo inventar algo, cuándo debo aceptar a los demás como son sin juzgarlos, o cuándo debo ponerme unos “zapatos de neumáticos” para acompañar a una locomotora tan divertida como tú.

 

En ese momento, Violeta pudo apreciar como algunas partes de Trueno se ponían un poco rosadas. Sonrió, y le dijo:

 

  • Estaré encantada de llevar una compañía tan interesante como la tuya en mi viaje, siempre que entiendas que debo seguir mi camino, que mi sueño me pide seguir llevando mis historias a donde puedan ser necesarias. ¿Qué pasará con tus inventos? ¿No te dolerá dejarlos?
  • ¡Llevo toda la vida viviendo con mis inventos, y eres la primera que quiere usarlos! ¡Es la hora de ver mundo! Además, mi mente va conmigo, ¡puedo inventar cualquier cosa en cualquier parte! Y llevarme mi caja de herramientas, claro. ¡Seguro que puedo inventar cosas que la gente de verdad necesite! – le dijo guiñando el ojo.

 

Así que juntos marcharon a recorrer el mundo fuera de los raíles. Y las historias de Violeta eran cada vez mejores, a medida que vivía aventuras excepcionales con Trueno. Él inventó para ella facilidades como un micrófono para que pudieran escucharla lejos sin impedirle ningún movimiento. Contaban a la gente como vadeaban ríos, atravesaban campos de maíz, huían de toros furiosos,  bailaban y reían en las fiestas de los pueblos. Los trenes y locomotoras que los escuchaban entendían que nada era realmente imposible, comenzaban a soñar con cambiar su vida y trabajaban cada vez mejor.

 

Los autobuses, camiones, coches y bicicletas que aparcaban fuera de las estaciones también oían las historias gracias al micrófono inventado por Trueno, y se inspiraron para realizar unos transportes excelentes.  Los dueños de las estaciones comenzaron a darse cuenta de que, cuanto más aprendían todos los vehículos de Violeta, mejor funcionaban, así que comenzaron a pagar a Violeta cada vez más dinero para que contara sus historias en las estaciones y enseñara a otros a pensar que todo era posible y a ir tras sus sueños. Algunos de esos vehículos entendían que su sueño los llevaba lejos del trabajo que realizaban actualmente y se iban a cumplirlos a otro lado, dejando su puesto a otros vehículos que los desempeñaban con más entusiasmo. Y Trueno vendía sus inventos a quienes de verdad los necesitaba. Ambos vivían felices viviendo de lo que amaban hacer, sirviendo a otros y disfrutando del tiempo juntos con salud y alegría.

 

Con el tiempo, a medida que aprendió de Trueno a escuchar a su propia “parte sabia” (esa que todos tenemos), Violeta entendió que el genio que le había concedido en su sueño esos deseos de dinero, salud, amor, tiempo y éxito era ella misma, y que la magia que había usado era su propia capacidad creadora (esa que todos también tenemos). Que sólo había sido necesario comunicarse con su propio corazón para que le dijera lo que quería hacer e imaginarse el futuro con todo lujo de detalles, día tras día, y comenzar a vivirlo y desplegarlo confiando en que podía conseguirlo, sin desanimarse ante ninguna dificultad, para que la capacidad creadora de su “parte sabia” atrajera esa realidad a su vida, para que se le presentaran oportunidades que sólo tenía que aprovechar. Y también entendió que trabajar de lo que realmente amas no es trabajar, porque todas las puertas se abren cuando te alineas con tu corazón.

 

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¿Y tú, estás alineada con tu corazón? ¿Tienes claridad en tu sueño? Si quieres acompañamiento para contactar con tu parte sabia, estoy a tu disposición

 

(1) Protagonista del cuento “La pequeña locomotora que sí pudo” de Watty Piper

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